En la vereda San Juan, en San Calixto, Norte de Santander, la tranquilidad se siente de una manera distinta. Se escucha el canto de los pájaros, el movimiento de los árboles, la brisa y los animales de la finca. Para Sandra Juliet Clavijo Peñaranda, este lugar es mucho más que un paisaje tranquilo. Es el lugar donde decidió construir, junto con su esposo, una vida alrededor del campo, el cacao y la idea de que sí es posible quedarse en el territorio y salir adelante trabajando la tierra.
Sandra tiene 44 años y nació en la vereda El Oriente, cerca de donde vive actualmente. Aunque durante parte de su infancia y juventud estuvo en el casco urbano, siempre mantuvo una relación cercana con el campo. En el año 2000 se fue a Cúcuta para trabajar y estudiar. Después vivió durante 11 años en Arauca con su esposo. Allí trabajó en una biblioteca municipal y acompañó procesos de lectura con niños, jóvenes y adultos.
Con el tiempo, la vida la llevó de nuevo al Catatumbo. Su esposo había regresado a la región para trabajar con uno de sus hermanos y fue entonces cuando apareció una posibilidad que cambiaría el rumbo de la familia. Un día le propuso vender la casa que tenían en Arauca para comprar una finca. A Sandra no le resultó fácil tomar la decisión. Tenía su trabajo, sus costumbres y una vida construida en Arauca. Pero decidió darle una oportunidad al proyecto. Vendieron la casa y compraron una finca que llamaron El Sitio.
Cuando llegaron, encontraron un predio donde se cultivaba coca. Cambiar esa realidad no fue sencillo. Significaba empezar de nuevo y encontrar una alternativa que les permitiera sostener a la familia. En 2017 decidieron apostarle al cacao. Al principio sabían poco sobre el cultivo. Fueron aprendiendo con el tiempo, enfrentando también las dificultades del mercado. Recuerdan que comenzaron vendiendo el kilo de cacao alrededor de 5.000 pesos. Con los años llegaron a venderlo hasta en 37.000 pesos. Hoy tienen cuatro hectáreas de cacao y cultivan también plátano, yuca y maíz, principalmente para el consumo de la familia. Para Sandra, sin embargo, el valor del cacao no está solamente en lo que pueden recibir por la cosecha. También está en lo que significa poder trabajar y movilizarse por el territorio con mayor tranquilidad, lejos de los riesgos que durante años han acompañado a los cultivos de uso ilícito.
Quedarse tampoco fue una decisión sencilla. El conflicto que ha golpeado durante años al Catatumbo hizo que más de una vez pensaran en vender la finca y marcharse. Finalmente decidieron permanecer. “Nosotros vamos pensando en nuestro futuro como familia”, dice Sandra.
Esa decisión de mirar hacia adelante también la llevó a involucrarse cada vez más en los procesos de la comunidad. En 2018, una conversación con un amigo de la Alcaldía de San Calixto les dio la idea de formar una asociación de productores. Sandra y su esposo empezaron a convocar a otras familias y arrancaron con 18 integrantes. Actualmente son alrededor de 105 socios de distintas veredas de San Calixto y Teorama. Su esposo es el representante legal y Sandra se desempeña como secretaria. Pero su trabajo dentro de la organización va mucho más allá de llevar documentos o cumplir con un cargo. Es una de las personas que mueve los procesos, busca contactos, gestiona oportunidades y anima a los productores a seguir participando.
Con el tiempo, la asociación ha recibido acompañamiento de entidades como AGROSAVIA, Naciones Unidas y la FAO, entre otras instituciones. Los procesos de capacitación les han permitido aprender sobre el manejo del cacao, las buenas prácticas agrícolas, la cosecha y la poscosecha, pero también sobre asociatividad y equidad de género. Cuando comenzaron, muchos productores fermentaban el cacao en costales, baldes o recipientes que tenían a la mano. El secado se hacía, en muchos casos, sobre patios de cemento. Hoy varios socios cuentan con cajones fermentadores y marquesinas que les permiten mejorar estos procesos. También han recibido herramientas para labores como la poda y la injertación y han participado en capacitaciones fuera del territorio, entre ellas algunas realizadas en Bucaramanga.
Sandra le da mucha importancia a aprender, pero también a compartir lo aprendido. Para ella, cultivar cacao no es simplemente sembrar árboles y esperar la cosecha. Hay que conocer el suelo, saber cuándo podar, cómo injertar y cómo manejar el grano después de recogerlo. Una buena fermentación y un buen secado pueden hacer la diferencia en la calidad del producto. Por eso también quiere que la producción sea cada vez más amigable con el ambiente y promueve entre los productores el uso de abonos orgánicos.
Su preocupación por el territorio no termina en los cultivos. Su experiencia trabajando con comunidades y acompañando procesos de lectura la llevó también a impulsar un proceso ambiental con unos 25 niños de diferentes veredas. Con ellos conversa sobre reciclaje, reutilización, cuidado de las quebradas y manejo de los residuos. También acompaña a los productores en la búsqueda de formas de disminuir la contaminación y proteger las fuentes de agua. Para Sandra, cuidar el territorio es parte de la misma tarea de producir.
En la asociación, cerca del 30 % de los integrantes son mujeres. También participan jóvenes y personas mayores. Sandra quisiera que fueran cada vez más las familias que encontraran en el cacao una alternativa para quedarse en el territorio. Sabe que no es fácil convencer a un productor de cambiar un cultivo, especialmente cuando existen dudas sobre los precios y la rentabilidad. Por eso prefiere hablar desde lo que ella misma ha vivido. El cacao requiere trabajo y paciencia, pero también puede convertirse en una fuente de ingresos para las familias y en una opción para construir una vida diferente.
Su liderazgo ha sido reconocido por los propios asociados. En algún momento pensó en dejar la secretaría porque necesitaba descansar. Sus compañeros le pidieron que continuara porque consideraban que la organización necesitaba de su impulso.Para Sandra, escuchar eso fue una mezcla de responsabilidad y satisfacción. Significaba que el trabajo que había hecho durante años estaba teniendo un efecto en los demás.
Ahora ella y su familia tienen nuevos planes. Quieren comenzar a transformar su propio cacao y crear una marca. Sueñan con tener una planta de transformación y, algún día, llegar con sus productos a mercados nacionales e internacionales. También quieren que El Sitio se convierta en una finca demostrativa. Un lugar donde otras familias y asociaciones puedan conocer de cerca experiencias relacionadas con el cultivo, el compostaje, el reciclaje y la organización de una finca.
Sandra no habla solamente de producir cacao. Lo que quiere es mostrar que también se puede construir territorio desde el conocimiento, la organización y el trabajo conjunto. Su experiencia se ha convertido en un ejemplo para otros productores del Catatumbo que están buscando alternativas frente a los cultivos de uso ilícito.
Cuando le preguntan cómo quisiera que la recuerden, no menciona premios ni reconocimientos. Se describe simplemente como una mujer trabajadora, de esas que hacen lo que tengan que hacer y que, cuando toca, trabajan “con las uñas”. Quiere que la recuerden por haber estado cerca de los niños, los jóvenes, los adultos mayores y las familias de su comunidad. Por haber ayudado a mover procesos, buscar oportunidades y abrir puertas.
La historia de Sandra es la de una mujer que decidió echar raíces. Dejó la ciudad, regresó al campo y convirtió una finca en un proyecto de vida. Encontró en el cacao una forma de generar ingresos, pero también una manera de aportar a su comunidad y de cuidar el territorio. En El Sitio, cada árbol de cacao representa algo más que una cosecha. Es una posibilidad de producir alimentos, sostener una familia, cuidar la naturaleza y demostrar que el campo también puede ser un lugar para quedarse, crecer y construir paz.
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- Ivan David Alba Hidalgo
- Profesional de Comunicaciones, Identidad y Relaciones Corporativas
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